viernes, 1 de enero de 2016

A LA CONQUISTA DEL 2016

29 de diciembre de 2015
Diciembre nos sorprende. Solo cuando el último mes del año toca a nuestra puerta, sacamos en cuenta el tiempo que hemos echado a la espalda, mientras desandábamos los vericuetos de un agitado día a día.
Un año se despide, y el otro co­mienza ansioso luego del fin de las doce cam­panadas. Mien­tras tanto nosotros, sujetos al co­rrer indetenible del tiempo, ponemos en orden las experiencias acumuladas y preparamos la escaramuza que nos ayudará a em­pren­der un nuevo camino.
En medio de las profundas re­flexiones que acompañan a cada fin de año, nuestro cerebro funciona co­mo una máquina indetenible don­de los recuerdos de los últimos me­ses no dejan de fluir. Re­pa­sa­mos con cuidado cada faceta de nuestra vida, en busca de la sabiduría necesaria para no cometer los mismos errores y preservar to­do lo bueno que hemos si­do capaces de acumular.
Mientras nos encontramos in­mersos en ese ejercicio lógico de la mente, el primer pensamiento está reservado casi siempre a la familia. Los seres queridos ocupan el espacio más sensible entre nuestras emo­ciones. Reviviendo cada mo­mento junto a ellos, nos asaltan la alegría, la tristeza y la nostalgia en iguales proporciones y tal vez, hasta algún asomo de culpa. Sin importar cuántos escollos hayan mellado nuestras relaciones con ellos, solo tenemos un deseo, que sigan acompañándonos durante mucho tiempo, que nunca nos falten su comprensión, su apoyo, su perdón pero, sobre to­do, que tengamos la paciencia y el amor suficientes para entenderlos, apoyarlos y perdonarlos.
El tiempo sigue su curso y di­ciembre avanza tranquilo hacia sus días finales, entonces, llega el mo­mento de pensar en nosotros. ¿Qué ha sido de nuestras vidas en es­te último año?, ¿cuántas me­tas alcanzamos?, ¿qué oportunidades perdimos por el miedo a in­tentar algo nuevo?, son preguntas que se suceden en ese recuento ine­vitable. Nos miramos por dentro y quizá nos de­mos cuenta de que hemos crecido co­mo seres humanos, que el año que se despide nos sirvió para ma­durar y mirar el mundo desde otro ángulo. De no ser así, en­tonces nos to­ca proponernos un nuevo “yo”, uno capaz de aprender de los errores, de darle a la vida su justo va­lor, de no dejar nunca que el tren de la felicidad pase de largo sin ha­cer, al menos, el intento de alcanzarlo.
Después de esa introspección abri­­mos el diapasón de nuestras ideas. Tornamos la mirada hacia lo externo, y la dejamos vagar por el entorno que nos rodea. Nos invade ese sen­timiento inconfundible de cubanía y sentido de pertenencia con la so­ciedad de la que formamos parte, que crece y se transforma sin perder su esencia. Así nos percatamos de que también he­mos sentido como pueblo, co­mo gente normal, común, que camina por las calles de esta Isla. Des­pertamos al político, al sociólogo, al economista que todo cubano lleva dentro, y hacemos las más pintorescas disertaciones sobre pre­cios, sa­la­rios, agricultura, sa­lud, edu­ca­ción, en fin, arreglamos el mun­­do, como dice el refrán.
Solo al completar ese recorrido imprescindible estamos listos para comenzar otra vez. Tachamos en­tonces el último día del calendario y con él, pasamos otra página. Ca­da quien tiene sus propias tradiciones para despedir al año viejo y abrirle las puertas al nue­vo, pero en todos nosotros late la curiosidad de lo que está por ve­nir, de las en­crucijadas camufladas tras los me­ses que pronto marcarán el curso de la vida.
Después de las doce la noche, después de que nos abrazamos unos a otros, olvidamos durante ese instante las diferencias y nos entregamos por completo a la alegría de la frase “feliz año nue­vo”, cargada de sueños, esperanzas y ex­pec­tati­vas; cuando a la mañana siguiente abrimos los ojos, con la Revolución de cumpleaños, y el orgullo de vivir en un país libre, em­prendemos la marcha, armados de la voluntad in­que­brantable que nos caracteriza, a la conquista del 2016.


No hay comentarios:

Publicar un comentario