jueves, 19 de noviembre de 2015

LOS DERECHOS HUMANOS NO SON PARA UN GRUPO, SE HAN CODIFICADO PARA TODOS.


Humberto Vargas Carbonell
Dos jóvenes mujeres—Laura y Jazmín--  han decido unir sus vidas de manera formal y permanente. Siguiendo la tradición contrajeron matrimonio.
Por su buena imagen parecen bellas y por su buen decir cultas.
Razones suficientes para decidir amarse y fusionar sus destinos,  igual como lo han hecho todos los que han abandonado la soledad para compartir su destino con otro ser humano, cualquiera sea su orientación sexual.
El problema no es estrictamente  jurídico, es de humanidad.  Y el valor de la capacidad de decidir sin violentar la capacidad ajena, junto a la vida misma, son los valores supremos.
Nadie puede juzgar sobre el destino decidido por personas plenamente capacitadas para seguir los rumbos que les parezcan mejores. Cualquier intromisión extraña ha de chocar  contra el muro de la libertad; ahí han de hacerse añicos la mentira, la demagogia y la hipocresía.
Si es que la pobreza de nuestra legislación establece  que es contraria a la ley escrita la unión de dos mujeres que se aman, las autoridades debían tomar las medidas que crean pertinentes pero sin escándalo. Escándalo es inmiscuirse ilegítimamente en la vida de dos personas que se aman. Nada ha de ser más privado que los afectos compartidos.
La orientación sexual de las personas es absolutamente privada y para aquellos que quieran someterse a un estatuto jurídico, una decisión íntima.
Si hay algún delito en lo que concierne al matrimonio de estas jóvenes ha sido vulnerar su intimidad. Nadie tiene derecho a hacerlo. Sus relaciones no son secretas pero sí íntimas y eso está por encima de la lamentable incultura ambiente.
La incultura oficial se acerca peligrosamente a la brutalidad colectiva. La ignorancia y la demagogia campean donde debían reinar la comprensión mutua y la tolerancia.
La cultura no la da un título profesional, se obtiene sabiendo vivir  para luchar contra la injusticia y nada es tan injusto como la discriminación.  Es más culto el que sabe servir a los sufrientes que el indiferente ante la injusticia. La indiferencia es el cáncer social de nuestra época y de nuestra nación.
¿Por qué negar el derecho a la felicidad a unos hombres o unas mujeres por su orientación sexual?
¿Por qué negar a una mujer la felicidad de ser madre a través de métodos creados por la ciencia cuando no puede serlo por la vía natural?
¿A cuál Dios sirve el clericalismo de todas las religiones que, con razones falsas, hacen demagogia con el dolor y la frustración de seres humanos o es que creen que la orientación sexual diferente hace desaparecer la condición humana, con todos sus derechos intrínsecos?
He leído con emoción las publicaciones de Laura Flores-Estrada y de Jazmín Elizondo. No las conozco personalmente pero las admiro porque son valientes y porque están luchando por muchos otros que, igual que ellas, son víctima de la discriminación.
Copio un párrafo Jazmín Elizondo Arias: “¿Cuánto tiempo tiene que pasar para ser reconocidos como seres humanos? ¿Por qué la mayoría tiene derecho de decidir sobre la vida de los pertenecientes a minorías? Estos y muchos cuestionamientos más dan vueltas en mi cabeza. No consigo entender que me hace tan  diferente a las demás personas.”




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