viernes, 27 de marzo de 2015

SANTA ROSA Y RIVAS EL TOTUOSO CAMINO DE LA SOBERANÍA


Autor: Trino Barrantes
Hablar de las batallas de Santa Rosa y Rivas sin tener como elemento subyacente la “Doctrina Monroe” y la “Doctrina del Destino Manifiesto”, es hacerle un flaco favor a los intereses norteamericanos en sus afanes imperialistas. De tal suerte que:
“…en el mensaje enviado en 1823 al Congreso por el presidente de EE.UU. J. Monroe. Se decía en dicho mensaje que la ingerencia (sic) de cualquier país europeo en los asuntos de los Estados latinoamericanos sería considerada como «manifestación de actitud inamistosa hacia Estados Unidos». Ese mensaje recibió el nombre de «doctrina Monroe», y EE.UU., basándose en ella, se atribuyó el derecho a inmiscuirse descaradamente en los asuntos internos de los países de América Latina”(Grigulévich,1882:7)
Tal vez sea por esa razón que, en la proclama dictada en San José el 20 de noviembre de 1855, JUANITO MORA (Juan Rafael Mora Porras), de manera transparente se refirió contra los imperialistas gringos, de la siguiente forma:
“Una gavilla de advenedizos, escoria de todos los pueblos, condenados por la justicia de la Unión Americana, no encontrando ya donde hoy están con que saciar su voracidad, proyectan invadir a Costa Rica para buscar en nuestras esposas e hijas, en nuestras casas y haciendas, goces a sus feroces pasiones, alimento a su desenfrenada codicia
De tal suerte que ambas batallas, la del 20 de marzo de 1856 y la que se conoce con el nombre de Batalla de Rivas, el 11 de abril de ese mismo año,  conocidas históricamente como la “Campaña Nacional”, forman parte del resultado del conflicto militar entre las fuerzas del ejército de Costa Rica, dirigidas por Juanito Mora, y  como contraparte el ejército filibustero estadounidense conducido  por William Walker.

Lo anterior es necesario tenerlo claro, porque la principal forma que asume la política imperial norteamericana en Latinoamérica, fue el neocolonialismo, expresado como el conjunto de factores políticos, económicos, militares, culturales e ideológicos que se definen como propuesta de intervención en los nuevos Estados emergentes. O como lo expresara ya en 1803 John Q. Adams: “El mundo tiene que acostumbrarse a la idea de que el continente norteamericano es nuestro dominio”. Con esta lógica y la doctrina Monroe, la concepción del destino manifiesto (Manifest Destiny), se construye y se fundamenta toda una lógica expansionista, en la cual los EE.UU. reclaman para sí un “derecho natural” que como raza superior tienen pleno derecho d extender sus dominios donde se les antoje, a fin de engrandecer su poderío territorial. A estos exabruptos imperiales, les seguirá más tarde la Doctrina Mahan, la “política del gran garrote”, la “política preventiva de W. Taft y una sucesión de planes perversos de intervención.

Como costarricenses, como patriotas, nosotros podemos hacer la lectura de estos acontecimientos en una concepción de “hechología, de historia historizante”. Pero por supuesto que eso no nos educa. Tampoco nos educa, extraer de esos grandes acontecimientos a los héroes nacionales: Juanito Mora, Juan Santamaría y
Monumento a Juan Santamaría, Alajuela


La primera Batalla de Rivas, la más conocida históricamente, ocurrió el 11 de abril de 1856. Posterior a la Batalla de Santa Rosa y a la cabeza del presidente Juan Rafael Mora, partió la tropa hacia Rivas con 25.000 hombres. En su paso hacia Rivas tomó el puerto de San Juan del Sur en el Pacífico y el de la Virgen en el Lago de Nicaragua. El 8 de abril, Mora y sus hombres llegaron a Rivas donde el Jefe del batallón de defensa Byron Cole decidió retirarse. William Walker ataca el cuartel del estado mayor de nuestro ejército, pero José María Rojas y Francisco Rodríguez intervinieron valientemente para rechazar el ataque.
En horas de la mañana del 11 de abril de 1856 nuestros compatriotas fueron sorprendidos por el batallón enemigo. Esto provocó, confusión y desorientación de nuestros conciudadanos, pero se inició el contraataque con mucha valentía. La mayor parte de las fuerzas enemigas se concentró en una casona de huéspedes llamada Mesón propiedad de Francisco Guerra. Bien colocados en el Mesón, a los filibusteros les resultaba muy fácil controlar la situación, dando la señal de alerta con disparos en nuestra contra.
La batalla se prolongó por muchas horas, con abundantes bajas en ambos bandos. 500 bajas costarricenses y de 200 a 250 en el ejército filibustero, según narra Iván Molina en su libro “La Campaña Nacional 1856-1857.
Según Jerónimo Pérez, el combate se trabó de una manera horrible y desventajosa para los de Costa Rica, porque se lanzaron a pecho descubierto, a desalojar a los contrarios de la casa que ocupaban, desde cuyos techos hacían estragos en ellos. Pero, fue más fuerte el heroísmo y el valor de nuestros oficiales y soldados, que fueron motivados por el propio presidente Juan Rafael Mora Porras en persona.
Monumento a Juan Santamaría, Alajuela
Con toda esta motivación los costarricenses tomaron la ofensiva y en pleno combate el General Cañas exclamó: “¡Muchachos, ¿No habría entre tantos valientes alguno que quiera arriesgar la vida, incendiando el Mesón para salvar a los compatriotas?”. El soldado Juan Santamaría contestó en el acto: “Yo iré: pero les encargo a mi madre”. De inmediato se le improvisa una tea, partió a la carrera y la aplicó al alero suroeste del Mesón, fue herido en el brazo derecho, pero siempre tuvo oportunidad de quemar el mesón, cayó en tierra mirando al cielo, con el convencimiento de que su obra habia sido consumada.
Fue así como los filibusteros no lograron su objetivo y huyeron del mesón. Posterior a la toma de la ciudad, el ejército costarricense tenía planeado asegurar primero el control sobre Rivas y los puertos de La Virgen y San Juan del Sur y, posteriormente, atacar Granada. Sin embargo, estos planes se frustraron por la llegada de una epidemia de cólera, que obligaría a regresar a Costa Rica, donde la enfermedad se cobró cerca de 10.000 víctimas (casi el 10% de la población del país en esa época). Mora y su hermano José Joaquín dejaron a José María Cañas al mando de las tropas costarricenses. La Campaña sería suspendida hasta el año siguiente, cuando se reanuda con la Campaña de la Vía del Tránsito, que tiene como objetivo el corte de suministros a los filibusteros a través del Río San Juan, fronterizo entre los dos países, y que a la postre determinaría el triunfo definitivo de los centroamericanos sobre los invasores.

Segunda Batalla de Rivas En la segunda batalla de Rivas, que se efectuó el 11 de abril de 1857, las fuerzas combinadas de los cinco países centroamericanos, dirigidas por el General costarricense José Joaquín Mora Porras, intentaron apoderarse de la ciudad, donde se encontraban las tropas filibusteras, encabezadas personalmente por Walker. Después de cuatro horas de combate, las fuerzas centroamericanas tuvieron que retroceder con un gran número de bajas, ante el nutrido fuego de los filibusteros.
A pesar de que constituyó una victoria filibustera, la segunda batalla de Rivas fue el último combate importante de la campaña, ya que el 10 de mayo de 1857 Walker se rindió ante el capitán norteamericano Charles Davis, cuyo buque Saint Mary’s se hallaba anclado en San Juan del Sur. El General Mora aceptó la capitulación, y Walker abandonó el territorio centroamericano.

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